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El hombre de las serpientes

En el sitio Balsones, aproximadamente a unos seis kilómetros de la ciudad de Alamor, nos encontramos con don Lenin Bravo, un conocido experto en el cuidado, crianza y preparación de serpientes “equis”, o en otros términos venenosas, que según él curan varias enfermedades entre ellas el cáncer. Es un hombre jovial de unos 55 años quien vive con su esposa y sus hijos, por supuesto ya acostumbrados a esta clase de vida no para todos muy común.

En los alrededores de su casa tiene plantaciones de guineo, y es el lugar propicio para mantener montones de serpientes en jaulas de alambre, a las cuales las alimenta con agua, leche, y cada mes uno que otro pollo.
Don Lenin, en cuanto llega un paciente, que por cierto lo visitan de varias partes del país, le pregunta los síntomas, y de inmediato acude a sacar una de las serpientes y las obliga a morder un vaso preparado para el efecto, donde obtiene el veneno que de inmediato le hace beber fresquito al enfermo. Luego la sangre, la hiel y hasta el corazón, se pueden convertir en el menú de los pacientes que por curarse casi no se abstienen de servirse el “alimento”.

Seguidamente le corta la cabeza al ofidio, y lo faena con una prolijidad y exactitud asombrosa para sacarle una masa blanquecina conocida como manteca. Después lo lleva con cuero y todo para cocinarlo durante siete horas y obtener un jugo que ya cernido le llama “consumido”. Este preparado lo envasa en una botella de plástico normal, para venderle al paciente en veinte dólares que será tomado en tres días y antes de cada comida, lo receta.
Don Lenin, no solo tienen clientes enfermos, sino proveedores que le venden las serpientes vivas o muertas. Una por ejemplo de un metro muerta vale 20 dólares. Más grandes y vivas cuestan más y así por el estilo. Las muertas las pela y las guarda en la refrigeradora hasta que le llegue el turno de preparación.

Doña Graciela Calderón, su esposa, nos comenta que ella no le tiene miedo a las serpientes, y más bien ella le ayuda a la compra y preparación del animal cuando su esposo tiene otras ocupaciones. Nos recuerda que han llegado pacientes de Marcabelí, Guayaquil, Huaquillas, y hasta del Oriente ecuatoriano y Perú, en busca de llevar la “medicina” para sanarse.
Lo increíble del caso, y ante el asombro de nosotros como periodistas, ocurre cuando saca las víboras de las jaulas y las lanza al suelo sin ningún temor. Estas no se escapan por nada del mundo. Dice don Lenin que el tiene dos secretos uno para que no se vayan, y el otro orar antes de entregar la medicina a un paciente y en verdad lo comprobamos.
Cada vez que se acerca a las jaulas para sacar uno de los reptiles, el hombre, entona un extraño y ligero silbido en cuya sinfonía logra que el animal se adormezca y levante la cabeza que será sujetada con sus manos. Nos cuenta que una vez de joven fue mordido por una serpiente venenosa y lo llevaron a Machala donde perdió uno de sus dedos del pie. Fue allí que sintió mejoría en otras dolencias arraigadas en su cuerpo, naciéndole la idea entonces de vivir curando a la gente con el veneno, sangre y más de las serpientes que sean solo estrictamente venenosas.

Balsones está ubicado en el desvió entre la costa y el cantón Pindal, saliendo desde Alamor, y allí en una casita humilde adornada del verdor de las plantas, flores y del ambiente natural innato del campo, don Lenin Bravo ha establecido su consultorio para curar con la única medicina más rara que nos podamos imaginar. “·el consumido de las serpientes venenosas”.

Conforme hacíamos este reportaje, síntomas de ligeros escalofríos impelidos por la fuerza que brotan de las miradas acuciantes de los reptiles asesinos, nos robaban el aliento y nos hacían estremecer el alma y el corazón, a tal punto que nos parecía increíble vivir en vivo y en directo, las inauditas escenas a las que solo por televisión estamos acostumbrados a ver.

Con Ximena Orozco, una alamoreña compañera de trabajo, nos despedimos de don Lenin y abandonamos el pueblito, en medio del asombro y extrañeza que a veces nos depara un lado de esta vida. Esta vida donde aún lo más feo y horripilante, puede servir para salvarnos la vida. –pensaba mientras llegaba a Alamor.

Galo Humberto Córdova

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