Nos vamos de circo
¿Quién en su sano juicio no vivió alguna vez las emociones nacidas bajo la remendada carpa de un circo?.
En Loja, por ejemplo, buena parte del tiempo, los circos llegaban a La Estación (actualmente Parque Bolívar) . El más nombrado era el Circo Águilas de México, que por lo general lo único que tenía de águila, era la visión del dueño para sacar plata al público. Tampoco era de México, sino una copia del original, proveniente de nuestro caluroso litoral ecuatoriano: Santa Rosa, Naranjito, Pasaje…
A la entrada generalmente recogían los boletos: el dueño del circo con su voluminosa barriga; la hija de éste con su impresionante minifalda, y un guardia civil con su aterrador tolete.
Una vez dentro, los cien focos de 25 wats. se apagaban indicando que la función estaba por comenzar. Asomaba entonces el presentador con: bigote al estilo mexicano, saco smoking, sombrero de copa, y guantes que alguna vez fueron blancos… “Señoras y señoras, damas y caballeros… con ustedes los príncipes de la cuerda floja… Los hermanos Kachatrian!!!.” Y asomaban los trapecistas listos para efectuar su número cumbre: Salto con triple mortal y carpado invertido sin romperse los huesos; todo ello a tres metros del suelo. Obviamente el trapecista era el mismo que en el kiosko nos vendió los boletos.
Pero el espectáculo transcurría, no solo en la pista de aserrín, sino también en los graderíos de las generales, por donde chicos y chicas se cruzaban ofreciendo canguil de sal y de dulce, papas fritas, chifles, sánduches de pernil con lechuga, algodón de azúcar con polvo… Y no quedaba más que comprarles, a fin de que se quiten del frente y nos dejen disfrutar de los payasos. Mientras tanto, por estar embobados mirando a la chica de la minifalda que promocionaba recuerdos del circo, nos habíamos perdido ya el número de un tal Renzo el Gitano: ilusionista, mentalista y advino, quien con solo fijar su mirada en el público, era capaz de hacernos creer que el circo era la gran cosa.
Más tarde asomaba Sóliman el Increíble, haciendo malabares con toda suerte de cosas, comenzando por: naranjas, después toronjas, y finalmente cocos, sandías y melones, frutas que en el intermedio del programa eran vendidas enteras o por tajadas.
Como dice Juan Carlos, pasado todo ese choque de emociones, entre el suspenso que imponían los Hnos. Kachatrian; la hilaridad de los chistes secos de Frijolito y Peluquín; la sensualidad de Cenovia, la diosa de las serpientes, y el terror que inspiraba Numa, un león flaco supuestamente africano, el animador invitaba a los niños para que pasen a tomarse una foto en blanco y negro con algún personaje del circo, por solo un devaluado Sucre de aquellos tiempos. Y adivinen ¿quién era el fotógrafo? … ¡exacto! : el mismo caballero que salía diariamente a perifonear por las calles de la ciudad, en un carro contratado al “Porteñito”, o al inolvidable “Flechita”.
En la actualidad me siguen emocionando los circos de pueblo, porque me regresan al universo de : saltimbanquis, payasos, leones sin dientes, e ilusionistas, y esos ricos algodones de azúcar que con polvo y todo, se desvanecían en nuestros labios, como se desvanecen con el tiempo estos recuerdos.
William Brayanes





Gracias celicanos.com por compartir con vuestro público, estas modestas anécdotas, que en algunos aspectos deben ser parecidas a las que se viven en esos lares. Por ejemplo debe ser interesante asistir a una función de circo en Celica, cuando la neblina empaña la visión del público y de los trapecistas.
Saludos
Las anécdotas que relata
mi estimado Brayanes
dan en el clavo, no lata
y son siempre muy bacanes;
si el circo usted cree no va a ver
en nuestra linda celestial
pague entrada, q no sea como el ayer
y bajo carpa, lo verá fenomenal.