El monstruo del colegio “Santa Teresita”
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CUENTO
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Galo Humberto Córdova
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Por la década de los setenta, un hecho demasiadamente curioso e increíble conmocionó a la ciudadanía celicana, que jamás aceptó las versiones de quienes fueron los verdaderos protagonistas de un aparecimiento sobrenatural, que se ocultó durante mucho tiempo porque se creía que aquella historia de las jóvenes que la vivieron, y que por allí la contaron; fue producto de una insólita imaginación o locura, combinada con fantasía alucinógena en alto grado.
Un 20 de enero, mes ya de invierno en la ciudad de Celica, tres alumnos en aquel entonces del quinto curso del colegio Santa Teresita, habían decidido encontrarse en el parque central entrada la noche, para realizar un complejo deber de matemáticas que entregarían al profesor al siguiente día, pues, dentro de una semana se terminaría el año escolar.
En este mes ya las manifestaciones clásicas del invierno: niebla, lluvia y frío, se reflejaban magnánimamente en todo su bendito apogeo. Ya cerca de las ocho de la noche mientras los chicos planificaban en que casa ir a cumplir con la tarea, el fluido eléctrico se apagó de un momento a otro.
A esas horas, el parque central no le envidiaba en nada a la tranquila soledad de un cementerio, donde no se escuchaba una sola voz humana merodear con el mínimo susurro. Lo que menos se imaginaron los jóvenes que inclusive portaban aún el uniforme azul, era que la puerta de entrada a la institución frente a un costado de la iglesia esté abierta, ya que detectaron destellos de luz que salían del interior.
Los chichos con esa natural e impetuosa curiosidad, decidieron verificar personalmente si aquellos luces en verdad salín del interior del colegio, ya que les pareció sumamente raro que las hermanas estén provocado algún tipo de fuego o fogata a esas horas, y en qué circunstancias.
Al llegar, la puerta estaba completamente abierta. Al interior, extrañamente en medio del silencio abrupto y la soledad reinante, la cancha se iluminaba con extraños destellos de luces como provenientes del cielo. Demasiado increíble, pues afuera la niebla opacaba el mínimo resquicio de la luz de la luna y de las estrellas. Los chicos se detuvieron en la entrada y por algunos minutos divagaron con sus especulaciones, hasta que al fin después de unos momentos, uno de los jóvenes de apellido Poma, los conminó a entrar.
El silencio adolecía de un grito desgarrador. La soledad se acompañaba con un claustro de tumba, y el miedo parecía festejar con su danza de terror. Los estudiantes caminaron sinuosamente y pudieron constatar que los pasillos, corredores y la cancha misma de todo el colegio, se iluminaba con un matiz débil amarillo que los impresionaba.
De pronto de uno de los extremos de la cancha junto a los baños, algo parecía moverse lentamente. Los tres chicos quedaron mirando fijamente el recodo pues era el único que tenía una extraña oscuridad como mancha negra.
–¡Si se mueve!,…pueden ver ustedes algo?, –dijo el joven Romero con cierto temblor en la voz.
–¿Qué será…? parece y no aparece o estamos viendo visiones!, –comentó el Chico Ludeña.
–¡Si algo se está moviendo!, y parece que es una cosa grande. Esto no me gusta nada…? –susurró el estudiante Poma.
Los chicos empezaron a sentir temor cuando aquel ente que se balanceaba en la oscuridad, se disponía a salir a la luz. De súbito un grito desgarrador potenciando la mezcla de rugido león, voz humana, gato y de ave, parecían mezclarse en un solo eco para traspasar los tímpanos de los asustados muchachos, que no resistiendo el miedo omnipotente corrieron hasta la salida, pero la puerta estaba complejamente cerrada.
Por más que hacían todos los intentos por abrirla, la aldaba no cedía ni en el menor milímetro. De pronto, ya no se escuchó nada. Nuevamente Reinaba la calma en aquellos instantes donde todo parecía haber sido producto de la fantasía nerviosa de sus mentes juveniles. Los chicos recuperaron con dificultad el aliento, y decidieron escapar entonces por la puerta del conserje, don Víctor.
Lentamente como la vez anterior, caminaron los tres muy juntos el uno del otro con los nervios encrespados hasta los límites mismos del miedo indescriptible.
Sí, ya no había ni se movía nada. Los chicos rieron disimulando una fantasía producto de los nervios y caminaron hasta que llegaron a la puerta del conserje. Uno y otro golpe se repetía con fuerza pero este no les abrió, y entonces decidieron regresar nuevamente en busca del portón.
Cuando caminaban lentamente por el pasillo, el exabrupto grito infernal volvió a repetirse y esta vez vieron caer algo del cielo hasta el centro de la cancha que por poco los mata del susto. Los jóvenes corrieron a esconderse bajo las gradas de las escaleras que conducen al segundo piso junto a la actual oficina de inspección general, y totalmente ofuscados miraban una especie de figura que presentaba un feo y grotesco aspecto entre humano y animal.
Fue tan fuerte el impacto del susto de los muchachos que empezaron a sentir que sus extremidades inferiores temblaban demasiado, mientras sus ojos se llenaban de gotas de lágrimas que intentaban desahogar el profundo horror del miedo. Con sus pupilas encendidas no podían asimilar en sus mentes que aquello en verdad estaba sucediendo, y peor aún que esa bestia enhiesta al interior del colegio, este frente a ellos.
La criatura insólita con tan horribles presencia empezó a dar vueltas y vueltas en derredor del centro de la cancha, mientras de su trompa lanzaba lengüetas de fuego de casi cinco metros que iluminaban aún más el misterioso interior de la noche allí dentro. El horripilante ser debía medir según conto el joven Romero después, cerca de unos cuatro metros de alto. Era un ente gigante que de la nada aparecía súbitamente, como arrancado de los más insólitos cuentos de terror, o de las más increíbles películas de fantasía donde se forjan seres de los más inauditos.
De pronto, el monstruo empezó a lanzar gemidos aterradores que hacían estremecer el mismísimo cielo, a tal punto que se desprendían por doquier una vorágine de truenos y relámpagos que iluminaban terroríficamente el cosmos, como semejando la llegada incesante de un apocalipsis, que con palabras resulta difícil explicar.
Los jóvenes totalmente atemorizados y descontrolados, corrieron con las intenciones de abrir nuevamente el portón de entrada, pero la terrible vestía al percatarse de su presencia, los haló de un soplo y los elevó por el aires hasta que quedaron tendidos en medio del patio. Luego con sus grotescas y filudas garras rasguño los cuerpos de los chicos que yacían casi inconscientes.
De sus cuerpos brotaban gotas de sangre que les causaban gemidos de dolor. La escena de terror era verdaderamente indescriptible.
Los segundos parecían eternos cuando la muerte intentaba abrir sus brazos para recoger en su seno las vidas, de inocentes jóvenes que pagaban una dura lección gratuitamente por nada.
La bestia continuaba rasguñando el dorso y espaldas de los chicos, que hacían un denodado esfuerzo por moverse y arrastrarse para escapar, pero ese reto en qué fatales circunstancias, era verdaderamente una utopía. Cansado de aquello, el monstruo empezó a lanzarlos al aire una y otra vez, como jugando con los cuerpos y jactándose de su despiadada acción diabólica.
El cielo entonces, empezó a girar a una velocidad vertiginosa semejando la figura de un remolino cósmico de agua roja que se agitaba en una convulsionada marea. Pues si adentro la panorámica se presentaba de esa manera, afuera la situación era otra, o mejor dicho de tiniebla total.
En medio de tan brutal desesperación los asustados guambras gritaban a los cuatro vientos, pero ya la fuerza de su voz no alcanzaba los límites más que de un eco intermitente y débil casi imperceptible.
De pronto el animal furioso y con la fuerza impetuosa de un volcán, hizo que se formaran olas de viento poderosas en cuyos remolinos se sumergieron los chicos, que ya sin fuerzas, apenas les quedaban halitos de percepción de la vida.
Los cuerpos de los tres jóvenes quedaron tendidos en el piso de cemento junto a uno de los arcos de la cancha. Lentamente una llovizna comenzó a caer intermitentemente cediéndole a un poderoso aguacero, que formaba una laguna. Pero la lluvia, se desprendía de los ojos del terrible monstruo, que no dejaba de exhibir las más despiadadas manifestaciones del mismísimo infierno seguramente de dónde provenía.
La laguna empezó a rotar con los cuerpos flotando por todo el patio del colegio increíblemente. En uno de esos movimientos desesperados y por efectos de la fuerza centrífuga, los chicos fueron lanzados hasta el fondo de la actual puerta de entrada a la institución, donde cayó de la pared el cuadro de venerada imagen de Santa Teresita. El chico Ludeña, ya casi sin poder respirar logró tomarla entre sus manos y la apretó a su pecho.
En ese preciso momento el agua comenzó a descender tan misteriosamente como apareció. Ludeña logro agarrar a sus dos compañeros de las muñecas de las manos para que no sigan flotando, hasta que definitivamente el agua se agotó y desapareció nadie sabe por dónde. Fue entonces que la espantosa criatura monstruosa empezaba a desvanecerse explotando en chispas de candela, en momentos en que la niebla en el cielo hacia presencia como si se despertase de un profundo letargo. En otras palabras “todo volvía a la normalidad.
Una noche infinitamente larga para quienes se salvaron de una muerta segura, y amanecieron enfrentando aquel frio y lluvia infinitamente atroz con que amaneció el día.
Con las primeras horas de la mañana, el conserje recorría el patio para hacer el aseo diario, y se encontró con la sorpresa de los chicos a los que los creyó muertos por lo que casi se desmaya del susto, e inmediatamente fue a dar aviso a las hermanas. Al llegar las religiosas los encontraron a los tres chicos fríos y casi morados por el frío. Yacían abrazados el uno del otro como si hubiesen querido darse calor para no sucumbir al gélido ambiente de la noche. ¡Están muertos…Dios mío están muertos, que pasó…Dios santo…! –replicó una de las hermanas que no podía contener el llanto.
La hermana rectora con lágrimas en los ojos fue a dar aviso al padre Ortega quien sin perder tiempo asistió al colegio. Al verlos, el Párroco se persigno sumiso y se acercó lentamente hincándose junto a ellos. Les topó la cabeza, luego las manos, el rostro, estaban demasiado helados los cuerpos. Las hermanas casi a unos dos metros de distancia observan en silenció mientras llorando esperaban…
El padre les quitó la imagen que la tenía entre sus manos frías y derramó unas lágrimas de alegría infinita.
–Hermanas que avisen a los señores padres de familia y que venga de inmediato un médico, ¡…los chicos están vivos! ¡Están vivos, gracias a Dios! , y por favor traigan unas colchas, rápido… rápido…vayan corriendo por favor…
FIN
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