Rumiñahui, auténtico héroe indígena (1482 – 1535)

Discurso tomado del libro “EL ECUADOR QUE CONSTRUIMOS”
AUTOR: MANUEL CARRERA GALLO
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Rumiñahui .
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“Rumiñahui es símbolo primordial de la nacionalidad,
el genuino representante de hondo y verdadero patriotismo;
el auténtico y único héroe.
Su hazaña es inmortal,
quizás imposible de imitar en su grandeza,
pero fácil de aprenderla,
cuando se lleva la patria en el corazón”.
Galo Román S.

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Los historiadores, preocupados por desentrañar los secretos de la protohistoria, analizan con profundidad el lugar de nacimiento del aguerrido general Ati II Pillahuazo, conocido como Rumiñahui, sobrenombre que significa cara de piedra. Con el transcurso del tiempo, y en virtud de exigentes investigaciones científicas, concluimos que Ati Pillahuazo era el cacique de Píllaro, tanto que en su casa tenía una Tiana o silla de autoridad, y cuando salía a la calle era llevado en andas e iba acompañado siempre de una escolta de honor. Ati, significa: vencedor, invencible, triunfador, victorioso.
El Ati II Pillahuazo nació en tierra Puruhá, probablemente en Píllaro, hacia el año 1482. Él mismo gustaba recordar su estirpe incaica, y se vanagloriaba de ser hijo de Huayna-Cápac y de Nary Ati su madre, hija del célebre cacique pillarense Ati Pillahuazo, valeroso defensor de su territorio ante los incas y los españoles.
“Recordemos que era una antigua tradición incaica el consolidar sus conquistas territoriales con matrimonios poligámicos del Inca con una o varias princesas de los pueblos derrotados. El propio Huayna-Cápac, nacido en Tomebamba, fue hijo del Inca Túpac Yupanqui en una princesa cañari. Después, Huayna-Cápac pudo comprobar por sí mismo los beneficios que tales matrimonios producían; aquella habría sido la razón para casarse tanto en Puruhá, cuanto en Quito, engendrando así a los hermanos Rumiñahui y Atahualpa” .
En los ejércitos de Huayna-Cápac, Rumiñahui alcanzó elevada posición militar, por su recia personalidad, su ferocidad y especial destreza en el manejo de las armas, demostrada en los combates. Por eso su padre le confió la difícil tarea de preparar a Atahualpa en el conocimiento de la técnica de la guerra y el diestro manejo de las armas. Cuando Huayna-Cápac repartió el Imperio entre Huáscar y Atahualpa, esto habría producido cierto resentimiento en Rumiñahui, que vería coartados sus derechos de hermano mayor. No obstante la decisión del Inca moribundo tenía poder explícito más allá de conveniencias domésticas; por eso, cuando estalló la guerra entre los hermanos, Rumiñahui formó filas junto a Atahualpa, sumándose en calidad de general o sinche, junto a Quisquís y Calicuchima.
Estas son las circunstancias hasta la captura de Atahualpa en Cajamarca, el 16 de noviembre de 1532, en donde Rumiñahui pidió al Inca que no acepte la entrevista con Pizarro y le deje liquidar a los españoles con sus guerreros. No obstante, Atahualpa se obstinó en la cita asistiendo con sus guerreros desarmados. Rumiñahui escapó de la muerte gracias al derrumbe de un muro, que en su desesperación ocasionaron los indígenas. Desde ese instante Rumiñahui fue el defensor más grande de la causa confederada. Se elevó más que Atahualpa. Luego de la captura de Atahualpa se dirigió donde su tío, el Ati de Píllaro, buscando frenético la fuga de Atahualpa. Éste le ayudó con hombres y armas, llegaron a Cajamarca en su intento y fracasaron rotundamente, retirándose aullando de rabia e impotencia. Retornó a Quito, le acompañaban en el intento pocos jefes y subalternos. La noticia de la captura de Atahualpa se regó por todos los confines del territorio. Los chasquis y las señales de humo comunicaron el desastre, el pánico y el desconcierto cundieron por doquier. Rumiñahui comprendió la desmoralización del pueblo, entonces empleó la única arma que le quedaba, la ferocidad contra su propia gente, para eliminar el histerismo y el espanto. Encontró encaramados en el poder del Reino de Quito a dos jefes cobardes, el uno Cozoponga y el otro un hermano de Atahualpa, de nombre Illescas o Quilliscaya, que apenas eran unos palaciegos cuidadores de niños y mujeres. Se apoderó del mando e indicó que duraría su mandato hasta coronar a un hijo del Inca desaparecido. Recibió el cadáver de Atahualpa en Liribamba con toda pompa y honores. Públicamente lamentó su vil asesinato. Al llegar los despojos mortales a Quito, la Cori-Duchicela, esposa de Atahualpa se dio muerte en su alcoba real. Rumiñahui cumplió la última voluntad de la emperatriz, enterrándola junto al cadáver de su esposo. Los biógrafos de Atahualpa jamás han encontrado sus restos. Los acontecimientos tornaron al héroe en un hombre ofuscado, violento, feroz. Pasiones sólo comparables al amor y desesperada defensa de su tierra. “Después del entierro de Atahualpa con el propósito aparente de consolar a los deudos, dispuso un espléndido banquete, con toda profusión y holganza, propios de un soberano, invitó a todos los grandes de la corte, y en el exceso de la embriaguez los fue pasando a cuchillo, ayudado por varios jefes indígenas previamente enterados del magnicidio” . Cobró la mayor venganza contra Quilliscacha, que fue pertinaz opositor para la formación de un ejército que combatiera a los españoles y, en cambio sí, el más entusiasta partidario en enviar todo el oro quiteño a Cajamarca. A este cobarde lo dejó para último término, después de matar a todos los jefes, mujeres y concubinas, e incluso a los once hijos de Atahualpa. Las diezmadas comunidades indígenas que habían sufrido sucesivas despoblaciones en las guerras civiles, respondieron al llamado de Rumiñahui y salieron a defender el territorio, presentando la única defensa digna en respuesta a Sebastián de Benalcázar y Diego de Almagro. Y aunque la lucha era sin cuartel, ya era tarde. Las fuerzas del imperio se habían dividido originalmente entre el Cuzco y Quito, pero la escisión dentro de la Confederación fue absoluta. Por un lado los cañaris se sumaron a las fuerzas castellanas, entregándoles mapas y guías para que no caigan en las trampas tendidas por Rumiñahui. Por otro lado -luego del magnicidio- los quiteños propiamente dichos se alejaron de la guerra, y sólo quedaron los puruháes como base para organizar la defensa. Rumiñahui llegó a Quito como un león herido, sus soldados ya no podían guerrear, ni contener a los poderosos castellanos, la tragedia de su pueblo y de su raza era inevitable. Mas, este coloso aborigen, el Titán Puruhá, defensor de lo que quedaba de la Confederación Quitú, estaba dispuesto a derramar la última gota de su sangre por su idea de libertad y el sagrado derecho de defender su tierra. Fue secundado admirablemente por otros caciques y compañeros que nunca le abandonaron: Zopo-Zopagua cacique de los Ambatos, Tucumango de Tacunga y, Quingalumba de los Chillos. Al llegar a Quito –narración del padre Juan de Velasco- “Rumiñahui saca el inmenso tesoro de Atahualpa, que estaba en su poder y no podía transportarlo; todo sepultó con tal artificio y astucia que fue, y es hasta el día de hoy, el mayor misterio”. Claramente fueron insuficientes los esfuerzos de los defensores de Quito. Los españoles, y sus aliados cañaris, entraron a sangre y fuego y tomaron la ciudad. Benalcázar fundó la ciudad de San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534, luego de dos fundaciones previas (ver Fundación de Quito). Durante esta tregua Rumiñahui organizó un pequeño ejército y en colaboración con Zopo-Zopagua y Quingalumba, atacó por la noche a la guarnición que Benalcázar dejara en Quito, causándole muchos estragos. Por último se parapetó en Píllaro donde habría llevado los tesoros de Atahualpa y sepultado en los Llanganates. Se fortificó en el Pucará de Guagrahuasi. Le atacó Benalcázar durante todo un día y una noche. Rumiñahui fue sorprendido y herido en un muslo, huyó a Sigchos a reunirse con Zopo-Zopagua. No obstante su estado, lucharon en Sigchos contra Juan de Ampudia, un español sanguinario y cruel hasta el sadismo; su especialidad era la tortura por el fuego, era el brazo derecho de Benalcázar. La batalla de Sigchos fue la última intervención del héroe aborigen; triunfaron los peninsulares y los defensores de Quito fueron vencidos con honor. Habían preferido mil veces la guerra y la muerte, a vivir esclavizados y envilecidos. Mal herido en el muslo, y apenas protegido por treinta hombres y varias mujeres, que llevaban sus pocas pertenencias y alimentos, fue descubierto en su huída por los españoles Manuel de la Chica y Alonso del Valle. Al verse sorprendido y acorralado, Rumiñahui sin vacilar se lanzó al abismo, pero casualmente y para su mayor tormento, se quedó detenido en unas ramas de chilca, fue bajado con violencia y al caer se trabó en combate cuerpo a cuerpo con los españoles. Al fin lo redujeron a la impotencia; fue éste su último gesto bravío. El gran general peleó hasta el final, rubricando virilmente su nunca desmentido y ponderado coraje de intrépido jefe y mejor guerrero. Cayó en defensa de sus ideales por amor a su Patria, a su raza, a su Dios.
Dicen sus biógrafos que después de haberle quemado de pies y manos, haberle acostado en parrillas caldeadas, terminada ya toda su resistencia física, encontró por fin el bálsamo de la muerte y el descanso, al ser arrojado vivo a una inmensa pira, preparada por los secuaces de Juan de Ampudia. Ni aún al borde de la muerte reveló jamás el escondite del codiciado tesoro de Atahualpa. Junto a Rumiñahui, y con similar trato, cayeron Razo-Razo, Zopo-Zopagua y Quingalumba. Rumiñahui es desde entonces más que una leyenda, una realidad histórica. El Ati II Pillahuazo, que desafió a los dioses ibéricos, convirtiendo su cuerpo en llamas, como su padre el Sol, quedó grabado para siempre en el granito de los Andes y en el corazón de los ecuatorianos, como un ejemplo de bravura, de energía, y de amor a su tierra natal, que nos llena de legítimo orgullo a todos los ecuatorianos.
El miércoles 13 de enero de 1535 será recordado como el día en que definitivamente terminó la resistencia quiteña al conquistador ibérico. Este es el día en que murió la más controvertida, polémica y sanguinaria figura de la defensa territorial, el general “cara de piedra”, Ati II Pillahuazo, Rumiñahui.
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