Había llegado, hasta la ciudad de Piura en el norte del Perú. Era mi primera vez. Iba en busca de un botadero de basura donde se decía que niños vivían comiendo todo tipo de desperdicio. O mejor dicho era su miserable modo de vida. Pregunté del lugar y en una moto taxi muy común en esta ciudad, nos trasladamos por una vía de tercer orden donde pululaban la piedra y cascajo.
Después de casi una hora, llegamos en medio de un calor y un sol insoportable. El hombre me dejó, pero se fue con la consigna de que en una hora me regrese para devolverme a la ciudad. Sobre un montículo de piedras subí con mi cámara filmadora discretamente para grabar. Me quedé sorprendido, por los cerros de basura que a esa hora de la tarde se dispersaban por todos lados. Allí decenas de niños sucios y apurados buscaban alimento entre los escombros. También cientos de ratas se escabullían compitiendo por el alimento, con miles de moscas que el aire provocaban un ruidoso sonido de miseria.
Uno de los niños, un moreno y quizá el más pequeño de todos, vi que se encontró un par de zapatos. Al verlo los otros y sobre todo uno, el más grande corrió a quitárselos. El pequeñín emprendió la huída, pero los otros lo siguieron y en medio de golpes y forcejeos se los quitaron. No contestos con esto, también le sustrajeron los zapatos viejos que llevaba puesto, y se marcharon corriendo dejándolo solo allí en el piso pedregoso. –En el territorio de la desorden, impera la ley del más fuerte pensé–.
Guardé mi cámara y salí de mi escondite. Al llegar junto a él, unas lágrimas silenciosas rodaban por su mejilla. Me quedó mirando muy sorprendido al tiempo que se limpiaba los ojos. Lo saludé, me tomó confianza y conversarnos por espacio de casi dos horas. Se llama o le llamaban “patuchin”. Era morenito y flaco como una hoja. Sus huesitos se los palpaba fácilmente por efectos de su avanzada desnutrición que se hacía más evidente en sus labios resecos. –¡Dios por qué te escondes!– dije pensando en voz alta.
Como el moto taxi no llegó, decidí regresar caminando con patuchin. El niño fue a los montones de basura cogió unas telas viajas y se las colocó en los pies como zapatos y empezamos la caminata. Después de casi media hora donde me venía contando su historia que por cierto era desgarradora, pude ver que cojeaba. De sus pies brotaban gotas de sangre por lo filuda de las piedras. Entonces me coloque la cámara a mi espalda y lo subí en mis hombros ante la negativa de él. ¡No pesaba mucho por cierto! y seguimos caminando cuando ya el reloj marca las tres de la tarde.
En el trayecto, en un charco de agua, resbalé por la abrupto del camino y caímos juntos el agua donde el monte salvaje se esparcía con natas de suciedad sobre la superficie. De pronto en mi talón derecho sentí como una mordedura o picotón que me puso en alerta. Cuando di vuelta, una espantosa serpiente cafeteada me miraba como en actitud de ataque. Patuchin le lanzó una piedra y el reptil se escabulló desapareciendo no sé por dónde.
No le dije nada al chico de la mordedura para no asustarlo. Me lo subí nuevamente a los hombres y seguimos caminando en aquel territorio peruano, donde el impacto del sol se reflejaba en su máxima expresión. Mi espalda sudaba como lomo de bestia. Debió haber trascurrido casi dos horas de camino, cuando comencé a sentir temblores en mis piernas y cierta especie de mareo que me obnubilaba la visión. –El efecto del veneno, comenzaba a ser efecto–.
Apresuré el paso y cuando ya llegábamos a la avenida principal y se escuchanba los motores de los carros que iban y venían, no pude más, porque solo veía el cielo que daba, y daba vueltas a la velocidad de un rayo. Sentí un frió terrible y me faltaba la res…pi…ra…ción…
Al despertar estaba en la cama de uno de los hospitales de Piura, con un suero antiofídico (contra veneno) en mi mano derecha, y otro suero rehidratante en mi mano izquierda. Más allá en una silla estaba patuchin con su pantalón azul corto y su camiseta roja rota en algunos lados. Le habían vendado los pies y me miraba como en tono de suplica. Una ligera sonrisa le hice, y se acercó hacia mí caminando en los talones. Me miró y otra vez sus pequeños ojos negros y vivaces se llenaron de lágrimas, al tiempo que tomaba mi mano derecha. Me dijo lo que pasó, en el transcurso de tres increíbles horas de mi inconsciencia.
Al rato llegaron dos médicos, una enfermera y el cónsul de Loja en Piura. Al día siguiente deje el hospital y me despedí de patuchin que debía quedarse hasta el medio día. Nos dimos un abrazo antes de partir, y me regalo un esfero mocho como le decía él, que se lo había hallado en los montones de basura.
–Volveré–, le dije.
Unos segundos nos contagiamos de lágrimas y nos despedimos.
Llegue a Loja, edite la nota periodística y la envié a los canales de televisión de Piura, y ellos a su vez la habían enviado a otros canales de televisión inclusive a nivel nacional.
A los dos años regresé a la ciudad peruana. Y fui al mismo lugar. Pero me encontré con la sorpresa, de que ya no estaban los montones de basura y más bien todo estaba terraplenado muy diferente. Inclusive había una construcción moderna a manera de una institución más allá.
–Hola que haces hijo–. Me di vuelta. Era un cura vestido con su túnica negra y un crucifico colgado en su pecho que me abordó.
–Disculpe padre, lo que pasa es que antes había aquí un botadero de basura, y ahora me encuentro con la sorpresa de que ya no están esos cerros de desperdicios.
–Verás hijo, una vez, llegó por aquí un periodista de Ecuador y realizó un reportaje sobre los niños que vivían de la basura. Tanto fue el impacto que el Gobierno ordenó que aquí mismo se construya una escuela y es la que está más allá. Ese periodista seguramente fue enviado por Dios, y no sé quien es, pero te cuento que yo soy el director de la escuela–.
Mientras el me contaba eso, unas lagrimas incontrolables comenzaron a brotar de mis ojos. Me di vuelta para disimular el llanto, pero el padre se percató y me preguntó por qué lloraba. Solo le contesté:
–¡Qué de alegría!–
El religioso me quedó mirando unos segundos como perplejo. Me tomó la cabeza e hizo una señal de cruz, luego abordó su vehículo y se fue no sé a dónde. Como era sábado, ningún niño estaba al interior del establecimiento. Aborde mi auto y me marché.
Al llegar a Loja, fui a mi casa entré sin saludar a nadie y corrí hasta mi cuarto en busca del esfero mocho, para escribir esta historia.
Galo Humberto Córdova
galohumbertocordova@yahoo.es


































