Llegaba de la provincia totalmente agotado por el recorrido. Al siguiente día debía asistir al juramento de bandera de los alumnos del sexto curso. No pude más, y en el sofá de mi habitación sentí que el sueño me dominaba.
Cerca de las once de la noche, culminadas las labores en la sección nocturna del colegio “Técnico 12 de Diciembre” del cantón Celica, don Pablo Yaguana, conserje del establecimiento, se había percatado que cuando concurría a poner candado a las aulas de uno de los pabellones de dos pisos, en la terraza se escuchaban unos estruendos terribles particularmente en el zinc; como si alguien mal intencionado se habría empeñado en destruirlo.
Estos misteriosos ruidos según Yaguana, se habían repetido por algunas oportunidades concitando su atención como no podía ser de otra manera. Y a pesar de que fue a investigar, nunca encontró presencia física de algo o alguien que pudiese pensarse, sería el autor del hecho que nos ocupa.
El conserje al no tener, o no atinar una respuesta lógica a esta misteriosa extraña sonaja en la terraza que se producía en ausencia del estudiantado, otorgó la responsabilidad a un ente sobrenatural “el fantasma”, que por la forma como actuaba, se ponderaba un fantasma enloquecido.
Para desahogarse del temor y la inquietud que lo acongojaba, Yaguana, decidió contarles del particular al resto de sus compañeros Oscar Rojas y Pedro Elizalde, quienes por cierto no le creyeron ni papa, como se dice vulgarmente.
“Pero la duda y la incertidumbre tienen sus méritos”. Elizalde y Rojas fueron invitados por Yaguana para que comprueben personalmente las extrañas sonajas en la terraza, las mismas que no eran producto de la fantasía ni la imaginación les habría explicado aquel. Ellos, incrédulamente, aceptaron el reto por que de cualquier manera la duda caló en sus cerebros.
Culminadas las clases aquel día, vísperas del juramento a la bandera, por la noche, los tres hombres se encaminaron y se ubicaron en el aula justo debajo de la terraza en mención.
Pasaban los minutos. Se podría decir instantes supremos de suspenso. Un silencio herméticamente confabulado con la oscuridad del aula donde se prefirió no encender la luz, para intentar pescar a algún atrevido majadero. Les obligó inclusive a dialogar en voz baja casi susurrando al oído.
Esa noche de diciembre para colmo, la niebla hacía presencia magistralmente como es normal en esta época, cuando surgen ya las primeras manifestaciones indicando que el invierno, abre sus puertas a los desenfrenos típicos de la naturaleza.
Ocurrió entonces cuando el reloj marcaba ya las doce de la noche, el zinc de la terraza empezó a sonar brutalmente como si alguien lo golpease salvajemente. El ruido proveniente de los golpes era ensordecedor. Provocó pánico y nerviosismo en los hombres allí dentro, que descontrolados y atemorizados, buscaron afanosamente la puerta de salida.
En el intento de salir los tres hombres se apretujaron simultáneamente, hasta que después de tanto forcejeo cayeron todos al suelo, y empezaron a correr despavoridos con rumbo al portón del colegio.
¡Ya no se escuchaba nada! ¡Los extraños ruidos habían desaparecido! Poco a poco los asustados hombres que ahora dudaban de la presencia de un atrevido majadero, iban recuperando la calma con profundas exhalaciones; mientras, la noche fría, parecía regocijarse con su abismal silencio de los crueles momentos que se vivía.
Pero las dudas aun quedaban flotando. El hecho ocurrido no convencía del todo a Rojas, quien convenció al resto de sus compañeros a ir de una vez a la terraza. Si la responsabilidad de la misión era compartida por los tres, el riesgo de enfrentar lo que sea era menos peligroso.
–¿Y que tal si es un fantasma? Preguntó Elizalde.
–No se preocupe, son meras suposiciones esperen aquí ya mismo regreso– Replico Rojas.
Rojas fue donde un amigo suyo don Luis Tábara y compró dos botellas de aguardiente e inmediatamente regresó donde sus compañeros, para tomárselas y acabárselas en menos de lo que canta un gallo.
Ya entonados y valentones subían las gradas que conducían a la terraza. Rojas encabezaba la misión. Al llegar, un frío y un silencio sepulcral rodeaban el ambiente, desprovisto de los más elementales ruidos de la noche. La luna reapareció con su rostro brillante de júbilo en el universo, emitiendo sus tenues destellos de claridad que permitían constatar a los hombres allí, que el zinc no había sufrido el menor indicio de golpe alguno. Recorrieron toda la parte alta de la terraza en busca de pistas que les permita descartar la posibilidad de la presencia de un fantasma, pero nada se encontró.
De súbito, ocurrió, que como si despertase la naturaleza de un leve descanso, o se interrumpiese la gloria adormecida de un palpitante sueño; fuertes vientos se hicieron presentes soplando en todas direcciones, a tal punto, que a todos los lanzó por el piso sin contemplación. Pero, afortunadamente, lograron agarrarse de los gruesos tubos que amanera de pasamanos se despliegan por el cuadrilátero de la terraza.
El viento soplaba inmisericordemente rugiendo como una fiera enloquecida, y ocurrió entonces, que comenzó a sonar el zinc como si algún ser invisible lo impactara audazmente con un objeto duro. Los tres hombres descartados y desde sus respectivos lugares en donde yacían agarrados, observaban atónitos e incrédulos como el metal a pesar de los contundentes golpes no se hundía ni resquebrajaba en lo absoluto para nada.
La hipótesis de la presencia de algo sobrenatural parecía consolidarse en las mentes de los asustados trabajadores de la institución.
Después de aproximadamente diez minutos de terroríficas incursiones atrevidas del ente sobrenatural, volvió la calma. La fuerza del viento amainó voluntariamente sin explicación lógica, y todo volvió a la normalidad o mejor dicho, la noche pletórica de paz prosiguió con su paso insoslayable. No así el corazón de quienes fueron testigos presenciales de las más espeluznantes escenas derivadas de lo insólito.
En los rostros de cada uno se observaban unas fisuras evidentes de temor y miedo tan marcadas, que quien los hubiese visto a esas horas de la noche, no hubiese dudado en pensar que tuvieron un encuentro con el mismísimo diablo. Para colmo, el licor que les sirvió de impulsó anímico, parecía haberse evaporado por la ebullición del miedo desarrollado en las masas encefálicas de sus cerebros.
Todos allí se preguntaban y repreguntaban de la veracidad del hecho. Lo cierto es que cuando ya demostraban leves signos de recuperación y se disponían a abandonar el lugar; se hizo presente pero ahora con más fuerza, un viento volcánico huracanado impetuoso, digno solo de las más brutales expresiones destructivas de la naturaleza, que no imaginaron se repetiría.
El zinc por su lado, era golpeado fuertemente por el fantasma como si la intención fuese derribar todo el techo.
La fuerza insoslayable del viento los hizo rodar nuevamente por el piso de la terraza y los expulsó al vació. Volaron, hasta quedar sus cuerpos plasmados en el frío colchón del pavimento desfallecidos. Solo dejaron confundidos en los ecos del viento gritos desgarradores de desesperación.
Luego como la vez anterior reinó la calma en toda la extensión de la palabra. Las nubes en lo alto intentaban maliciosamente cubrir el rostro de la luna, como queriendo ocultar y ahuyentar a la única testigo presencial del insólito acontecimiento que obtuvo su cuota humana de recompensa.
Los manantiales de sangre esparcidos en el cemento, atrajeron la presencia de un gran cuervo negro de pico afilado y ojos fulminantes de destellos; que lanzando unos terroríficos chillidos se aleteaban como jactándose en su extraña danza, de la escena sublime que ofrecía gratuitamente el espectáculo de la muerte.
Simultáneamente en la terraza, con su lomo verde cafeteado y su panza blanca estriada, una espantosa serpiente enredada en los tubos se hizo presente para exhibir su grotesca lengüeta de rato en rato, y denotar en el brillo vidrioso de sus despiadados ojos, la satisfacción por la obra diabólica consumada.
Al siguiente día con el toque de la sirena desperté. Fui corriendo desesperado al colegio. Yaguana, Rojas y Elizalde, ubicaban unas sillas en el patio para la ceremonia del juramento a la bandera de los alumnos de los sextos cursos.

FIN.
Galo Humberto Córdova
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