Amancay, dícese de la flor liliácea, blanca hermosa y fragante. Su origen se remonta a la historia de los Incas; es propia de la Patagonia argentina y las hay de diferentes especies y colores.
Hablar de la parroquia de Sabanilla en el cantón Celica es fundamental, en este valle de la geografía lojana nuestros antepasados se inspiraron; al ver, que con las primeras lluvias de invierno en los meses de enero o febrero esta planta nacía y florecía y con el soplo del viento se agitaba como una sábana blanca, bautizaron a este lugar con el nombre de Sabanilla.
La flor de amancay, llamada también amancae en kichwa, amancaya en aymara y científicamente Hymenocallis amancaes, es asociada comúnmente a los lirios y azucenas, sin embargo; la que produce el suelo sabanillence es única, tiene un periodo de vida corto de dos o tres días, cuya mata se asemeja a la del lirio cárdeno, sus hojas miden entre 30 y 40 cm de largo, cinco centímetros de ancho, con lomo por en medio y acanaladas de color verde obscuro.
La raíz es como una cebolla blanca, gruesa como el puño de la mano, la flor es maravillosa tiene seis hojas blancas y dentro de ellas una hermosa campanilla blanca que tiene de largo del pezón a la orilla 5cm y de diámetro 4cm, rematando en seis picos o puntas y por la parte de adentro nacen desde el pezón seis venillas verdes que hacen lomo relevado en la misma campanilla y del remate de éstas nace un botoncito amarillo como con granos de trigo.
La flor nace de cada tallo de muchos que produce la raíz, son gruesos como el dedo pulgar, las flores no nacen todas al mismo tiempo sino sucesivamente; como se van secando unas, van brotando otras. Después que ha echado cada tallo sus flores, nacen en el remate de éste tres o cuatro bolillas redondas como medianas aceitunas donde están las semillas.
Su verdadera denominación según el diccionario kkechuwa –español de Jorge A. Lira, es “haman”kay”, esta flor es una verdadera primicia y riqueza natural de los sabanillences, por su perfume suave, delicadeza y belleza hace que sea deslumbrante, aunque no preservada en igual forma por lo que esta en peligro de extinción.
Se presume que culturas prehispánicas o los sechura que transitaban un antiguo camino de herradura que conectaba suelo peruano y ecuatoriano atravesando Piura, Zapotillo, La Laja, Ceibo Mocho, Sabanilla y otros sectores; fueron quienes trajeron la semilla de esta flor endémica, típica también de las laderas del Rímac en Perú.
En la actualidad su belleza debería inspirar a artistas e intelectuales porque los incas decoraron keros y cerámicas con esta flor. El profesor Darwin Santín en una estrofa al himno a sabanilla señala: amancay es la protagonista, flor silvestre del campo querido, de ese nombre la musa bendita, que ha este suelo se le ha concedido.
Esta especie de amancay blanco debería ser recuperada en los campos y en la ciudad, porque ha sido absorbida por el cemento, el concreto, y la tala de bosques y utilización de químicos para la agricultura, lo que nos esta arrebatando nuestra historia. Unámonos para volver a sentir su aroma y delicadeza porque, “Quien da una flor de amancay está ofrendando su corazón”.

Investigación y Redacción: Maritza Espinoza – Fotografía Prof. Darwin Santín.

































